sábado, 10 de marzo de 2012

La alegría ya viene

Creo poder decir que tuve la “suerte” de vivir una infancia en un ambiente mucho menos tenso que lo que les tocó vivir por ejemplo a mis hermanos. Mis juegos con la pelota, la escondida, las bolitas, se dieron en patios donde ya no existía el miedo de los papás de que existieran repentinos cortes de luz o protestas flash con olor a neumático quemado. Bueno, eso es lo que ve una mente de menos de 10 años que no tiene otra preocupación más que ganar el partido del recreo o juntar más láminas que el compañero. Ahora miro hacia atrás y empiezo a recordar ciertos detalles que con ayuda de internet se me hacían un poco extraños;  “Pin8”, “liberen a los presos políticos”  y “democracia” eran algunas de los gastados grafitis que más de alguna vez leía en las calles cuando iba de la mano con mi mamá. No me acuerdo si preguntaba que significaba, pero tampoco creo que hubiese encontrado alguna respuesta entendible a mi edad. Tampoco entendía porque a veces en el colegio nos empezaba a picar la nariz y los ojos y veíamos que todos corrían al baño para tratar de arreglar con agua lo que ahora eran los gases lacrimógenos que tanto me acostumbré el año pasado a sentir en el centro de Santiago. Las chuchadas que escuchaba de mi abuelo cuando en la tele, un sábado en la tarde, aparecía un caballero canoso, con lentes grandes y ropa de cura hablando de religión en el Megavisión (en esa época). Y para qué hablar del semi arcoíris con la palabra NO y los spots respectivos donde se concentraba en una canción pegajosa, la posibilidad de cambiar o no la historia. 
 
Ha pasado el tiempo, Chile es otro, pero el temita sigue doliendo. Eso sí, el hecho de que un humorista se suba a la Quinta Vergara y pueda hacer su pega con el tema que años atrás lo hubiera condenado probablemente a cambiarse de país (siendo optimista) da una señal de que, aunque duela, ya no se es tan “grave”. Pero esto lo digo yo, alguien que por suerte no tuvo la oportunidad de haber perdido ni posesiones (tierras, empresas) ni familiares (que obviamente no tiene sentido comparar). ¿Qué pasa con toda la gente que tuvo que pasar por eso? no puedo hablar por ellos. Lo que sí puedo comentar, es que existe un odio (que no me corresponde juzgar) al del bando contrario. Odio que sigue intacto más que nada en las personas de edad, pero que se empieza a heredar a los que no existieron en esos tiempos, que deben saber tanto por historia como por identidad. Al ver esto me pregunto ¿cuándo terminará esto?, ¿cuándo se logrará (o se disminuirá la distancia) la tal preciada para los políticos “unidad nacional”? 

Cuesta poco hacer memoria de lo que ha sucedido en distintos lugares del planeta y darse cuenta que las guerras civiles (por milagro no es el caso de Chile), dejaron heridas que no han sido sanadas, a pesar de que ya no están vivos sus principales protagonistas. Basta con mirar nuestra América Latina, es más, mirar allende los Andes y ver las noticias cuando nos enteramos de los juicios finales (tardes, pero necesarios) de alguna ex autoridad argentina del régimen de Alfonsín, por ejemplo. Si queremos ver un poquito más allá, cruzamos el Atlántico y revisamos los largos años de Franco en España. Cualquier indicio o pronunciamiento de su apellido, agita el ambiente político en los países de habla hispana. Como podemos ver en un precario análisis histórico, los años adormecen los ánimos, pero no los calla nunca.

Parte de nuestra responsabilidad es saber que pasó, las razones y las consecuencias de una fuente confiable y ojalá (imposible) objetiva. Es deber nuestro leer que la Historia nos ayuda a no cometer los mismos errores (aló, políticos?), pero que debemos avanzar sin pasar a llevar lo que la Historia quiso que pasara, tanto como para un bando como para otro.