Creo poder decir que
tuve la “suerte” de vivir una infancia en un ambiente mucho menos tenso que lo
que les tocó vivir por ejemplo a mis hermanos. Mis juegos con la pelota, la escondida,
las bolitas, se dieron en patios donde ya no existía el miedo de los papás de
que existieran repentinos cortes de luz o protestas flash con olor a neumático
quemado. Bueno, eso es lo que ve una mente de menos de 10 años que no tiene
otra preocupación más que ganar el partido del recreo o juntar más láminas que
el compañero. Ahora miro hacia atrás y empiezo a recordar ciertos detalles que
con ayuda de internet se me hacían un poco extraños; “Pin8”, “liberen a los presos políticos” y “democracia” eran algunas de los gastados
grafitis que más de alguna vez leía en las calles cuando iba de la mano con mi
mamá. No me acuerdo si preguntaba que significaba, pero tampoco creo que
hubiese encontrado alguna respuesta entendible a mi edad. Tampoco entendía
porque a veces en el colegio nos empezaba a picar la nariz y los ojos y veíamos
que todos corrían al baño para tratar de arreglar con agua lo que ahora eran
los gases lacrimógenos que tanto me acostumbré el año pasado a sentir en el
centro de Santiago. Las chuchadas que escuchaba de mi abuelo cuando en la tele,
un sábado en la tarde, aparecía un caballero canoso, con lentes grandes y ropa
de cura hablando de religión en el Megavisión (en esa época). Y para qué hablar
del semi arcoíris con la palabra NO y los spots respectivos donde se
concentraba en una canción pegajosa, la posibilidad de cambiar o no la
historia.
Ha pasado el tiempo,
Chile es otro, pero el temita sigue doliendo. Eso sí, el hecho de que un
humorista se suba a la Quinta Vergara y pueda hacer su pega con el tema que
años atrás lo hubiera condenado probablemente a cambiarse de país (siendo
optimista) da una señal de que, aunque duela, ya no se es tan “grave”. Pero
esto lo digo yo, alguien que por suerte no tuvo la oportunidad de haber perdido
ni posesiones (tierras, empresas) ni familiares (que obviamente no tiene
sentido comparar). ¿Qué pasa con toda la gente que tuvo que pasar por eso? no
puedo hablar por ellos. Lo que sí puedo comentar, es que existe un odio (que no
me corresponde juzgar) al del bando contrario. Odio que sigue intacto más que
nada en las personas de edad, pero que se empieza a heredar a los que no
existieron en esos tiempos, que deben saber tanto por historia como por
identidad. Al ver esto me pregunto ¿cuándo terminará esto?, ¿cuándo se logrará
(o se disminuirá la distancia) la tal preciada para los políticos “unidad
nacional”?
Cuesta poco hacer
memoria de lo que ha sucedido en distintos lugares del planeta y darse cuenta
que las guerras civiles (por milagro no es el caso de Chile), dejaron heridas
que no han sido sanadas, a pesar de que ya no están vivos sus principales
protagonistas. Basta con mirar nuestra América Latina, es más, mirar allende
los Andes y ver las noticias cuando nos enteramos de los juicios finales (tardes,
pero necesarios) de alguna ex autoridad argentina del régimen de Alfonsín, por
ejemplo. Si queremos ver un poquito más allá, cruzamos el Atlántico y revisamos
los largos años de Franco en España. Cualquier indicio o pronunciamiento de su
apellido, agita el ambiente político en los países de habla hispana. Como
podemos ver en un precario análisis histórico, los años adormecen los ánimos,
pero no los calla nunca.
Parte de nuestra
responsabilidad es saber que pasó, las razones y las consecuencias de una fuente
confiable y ojalá (imposible) objetiva. Es deber nuestro leer que la Historia
nos ayuda a no cometer los mismos errores (aló, políticos?), pero que debemos
avanzar sin pasar a llevar lo que la Historia quiso que pasara, tanto como para
un bando como para otro.